La cultura en la emergencia Covid (2)

No volvamos a la normalidad. Por Juan Martín Cueva

 

No volvamos a la normalidad. Por Juan Martín Cueva

En el Día Mundial del Arte, 15 de abril, el presidente Lenín Moreno junto al ministro de Cultura, Juan Fernando Velasco, anunciaron la creación de un plan de contingencia para apoyar a los trabajadores del arte y la cultura. Foto: cortesía de Cristina Marchán en Adentro-afuera, ejercicios de improvisación en el confinamiento.

Ni el gobierno, ni los trabajadores de las artes y la cultura, ni la academia: nadie pudo haber previsto lo que está pasando. Ni Ecuador ni ningún país del mundo contaban con una estrategia o manual para enfrentar una situación tan abrupta en su llegada, tan incierta en su duración y con una incidencia tan grande en nuestras condiciones de vida. Pero la afectación de la pandemia en el sector cultural depende de su situación previa y en nuestro país esa afectación es muy profunda, devastadora.

Frente a esa devastación, el Ministerio de Cultura decide plantear un plan de contingencia. Ante su solo anuncio se incendian las redes, se adjetiva y descalifica, se predice el apocalipsis… La alharaca y la virulencia no ayudan mucho, a menudo son el contrario de la contundencia y el posicionamiento sustentado y radical. El griterio y el tumulto no tienen más consecuencias que una tormenta en un vaso de agua.

No es el momento de bajar los brazos y hacer en una especie de tregua humanitaria. No, en el confinamiento debemos agudizar nuestro sentido político, estar más vigilantes, evitar la ingenuidad. No hay que renunciar a la política, hay que recargarla, volverla más potente y estratégica.

Es lógico que un plan pensado desde la institución rectora de las políticas públicas para las artes, el patrimonio y la cultura apunte a lograr un retorno a la normalidad. Pero ese no tiene porqué ser el objetivo de los trabajores de las artes y la cultura. Hace seis meses, cuando parecía llegar a su fin la gran ola de movilizaciones populares en Chile, surgió esa consigna maravillosa que plantea no volver a una normalidad que era, justamente, el problema. Tras las grandes convulsiones, lo que hasta entonces parecía mera utopía se convierte en una posibilidad real. Pero la nueva realidad no será un regalo que nos deje la pandemia, no caerá como la lluvia del cielo. Hay que pensarla, hay que pelearla, hay que construirla.

En la primera fase de ese plan de contingencia (enfrentar la emergencia) lo que debería hacer la sociedad civil, y que en alguna medida se está haciendo, es que colectivos de artistas, asociaciones gremiales, agrupaciones de toda índole se organicen para apoyar a los más vulnerables, a los que peor la están pasando. Para las fases siguientes (reactivación y sostenimiento) nuestra voz, experiencia y participación son fundamentales. Un ministro, un secretario o director de Cultura, quien encabeza un instituto o un núcleo de la Casa de la Cultura de Ecuatoriana (CCE), son funcionarios públicos que deben responder ante la ciudadanía. Ninguno de ellos puede ignorar lo que en el sector se discuta o lo que desde el sector se plantee.

“No volveremos a la normalidad porque la normalidad era el problema” fue la frase que se alzó durante las protestas sociales del año anterior en Chile. Foto: cortesía

Si interpelamos a la autoridad por lo que hace o deja de hacer, significa que la reconocemos. Asumamos eso: gran parte de lo que suceda con la cultura depende de la expedición de una política, de la modificación de una normativa o reglamento, de la vigencia de una ordenanza, de lo que suceda en la institucionalidad y en la legalidad. Podemos pretender que lo que sucede a ese nivel no nos importa ni nos concierne… pero eso es adherir a una posición radicalmente individualista y, en el fondo, neoliberal en extremo. Yo me valgo por mí mismo, no dependo del Estado, no me importan las leyes ni las instituciones, seguiré haciendo lo que siempre he hecho, contra viento y marea, encerrado en mi mundo. Eso es posible… pero lo es para algunos, para pocos. Para la inmensa mayoría de quienes viven de las artes y la cultura, la política es determinante y su derecho ¿su deber? es interesarse en ella, participar, aportar, criticar. En estas circunstancias eso vale más que nunca. Confinados sí, aislados no.

Esta emergencia ha evidenciado algunas realidades que conocíamos parcialmente, pero que ahora salen a la luz con mucha claridad: una institucionalidad débil y una situación del sector cultural en gran medida informal, inestable y precarizado. Esas dos cosas combinadas hacen que a la hora de enfrentar situaciones extraordinarias, todo parece desmoronarse. Nuestro “Sistema Nacional de Cultura”, que consta incluso en la Ley vigente desde hace más de tres años, es todavía un edificio en construcción, una obra gris. No se han terminado de reglamentar y normar todos los ámbitos que supone una legislación que busca ordenar todo el campo de las artes, el patrimonio y la cultura.

Esta circunstancia extrema también nos ha mostrado lo poco que han avanzado los gobiernos locales en la tarea de asumir sus competencias en lo cultural. De dichas instancias ha faltado reflexión, diseño de políticas y gestión, por ejemplo en lo que atañe al espacio público pensado como detonante del desarrollo cultural y garantía del ejercicio de los derechos culturales de la ciudadanía.

No creo que la gente de las artes y la cultura sea especialmente egocéntrica y encerrada en sus certezas, al contrario, pienso que abundan sensibilidades dadas al diálogo, a la escucha, a la observación”.

Tampoco se ha completado un levantamiento de datos estadísticos que nos permita tener un diagnóstico sustentado, por ello cada uno de nosotros da por cierto su propio diagnóstico personal de la situación. Diagnósticos que son lecturas de la realidad sacadas de la experiencia individual o colectiva, de la lucha cuerpo a cuerpo contra, con o desde ciertas instancias de la burocracia cultural, de percepciones individuales que se deberían confrontar con otras posturas y poner en discusión sin que corra sangre. Seguimos discutiendo con argumentos parciales y sesgados, sin una base común de información validada que garantice que no estamos teniendo un diálogo de sordos.

Ahora es cuando más hace falta conversar con apertura y generosidad; justo ahora, cuando no nos podemos sentar frente a frente, con un café o una cerveza, y mirarnos a los ojos sin pantallas de por medio, ahora que todos estamos encerrados, estresados y crispados. Aunque sea muy difícil en este torbellino de malas noticias, de apocalipsis cotidianas, de no-podemos-caer-más bajo y de solo-falta-que-pase-tal-cosa, es importante tratar de mantener la cabeza fría y que no se cancelen los canales democráticos de resolución de los conflictos.

No creo que la gente de las artes y la cultura sea especialmente egocéntrica y encerrada en sus certezas, al contrario, pienso que abundan sensibilidades dadas al diálogo, a la escucha, a la observación. No es tan difícil darse cuenta que el otro está atravesando por los mismos padecimientos, algunos en mejores entornos, muchos en peores condiciones. Aunque no esté de acuerdo con él o no coincida con sus estrategias para enfrentar este momento, no necesito acanallar al que libera los derechos de su película, al que logra avanzar un trabajo creativo en su casa, al que canta por la ventana o baila en el balcón, ni al que se desespera y clama por una ayuda concreta, por una canasta básica, por un fondo de emergencia o al que postea anuncios apocalípticos de la mañana a la noche…

Hay que aprovechar esta oportunidad, como sector, para repensar (sí, repensar una vez más, fatalidad-sino-cruel) nuestra creación, nuestro trabajo, los derechos culturales del ciudadano, la relación de nuestras obras con el público, con el Estado, con el mercado, el marco legal y normativo, el fomento, las industrias y los procesos de creación difíciles de aprehender o imposibles de formatear. Es el momento de ser radicalmente críticos y autocríticos.

La implosión de la normalidad vigente (que siempre dijimos que tenía mil falencias y repetimos mil veces que había que cambiar radicalmente) nos da ahora el chance de plantear otra normalidad posible. No todo es confiar en la economía-naranja-industrias-creativas-emprendimiento, pero tampoco todo es amuralarse en la-casa-de-la-cultura-benjamín-carrión, ni todo se resuelve encerrándose en mi-proceso-creativo-inexplicable-porque-me-sale-de-muy-adentro.

Quizás tengamos razón los que, optimistas, pensamos que este puede ser el fin del capitalismo. Talvez acierten los pesimistas que creen que se establecerá algo aun peor que este presente, un feudalismo digital en el que cada grupo se meta en la ceguera de unas identidades encerradas sobre sí mismas. No lo sabemos. Dejemos que la historia y la naturaleza hagan lo suyo y concentrémonos en lo que podría cambiar realmente nuestro ámbito específico.

Podemos dejar que las cosas se resuelvan (porque se van a resolver, el mundo no se va a acabar) y vuelva a instalarse la misma normalidad de antes. Pero también podemos negarnos a esa salida conservadora y mediocre. En otros momentos históricos estaríamos hablando de activar las células, los frentes barriales, los comités de empresa, ahora las palabras son otras, porque la realidad es otra, pero el espíritu es el mismo: es importantísimo animar los espacios de discusión y organización, los grupos, los chats y los zooms, las plataformas; cada esquina virtual donde nos podamos encontrar y estar con el otro en una conversación en la que más que hablar, escuchemos. Somos parte de esa normalidad que queremos dejar atrás y solo haciendo el trabajo de cambiarnos podremos cambiar el mundo.

 

 

 

 

 

 

Desectorizarnos: El desafío para imaginar otras políticas culturales

 

Desectorizarnos: El desafío para imaginar otras políticas culturales

Paola de la Vega Velasteguí
Universidad Andina Simón Bolívar

La crisis actual, perceptible en su crueldad y desigualdad estructural más honda en la pandemia del Covid19, ha dejado ver la compleja y difícil situación por la que atraviesan diversos trabajadores culturales del país. La falta de condiciones materiales de vida y de seguridad social, hoy más que nunca es evidente. Sin embargo, el problema de la cultura en Ecuador no estalla con la cuarentena y la paralización económica de espacios y actividades, sino que carga en sus espaldas permanentemente, y desde hace mucho tiempo, con una mochila plagada de debilidad institucional, egos intelectuales y proyectos personalistas, la herencia de una república de familias, clientelismo, silencio por agotamiento, precariedad y autoexplotación, acomodo y la marcada incomprensión de la clase política dirigente del país sobre los sentidos sociales que constituimos desde la cultura no como “sector” sino como colectividad. El sueño naranja, el PIB, el show y el espectáculo electoreros, la mirada asistencial y, en tiempos de crisis, el arte como instrumento de unidad y acuerdo nacionalistas, son el lenguaje legítimo de interlocución sectorial con los gobiernos de turno cuando hablamos de Cultura.

En este panorama, entre las preocupaciones que me afectan actualmente como investigadora, docente y gestora cultural, están dos: la una hace referencia al potencial político que tiene la cultura para pensarnos en colectivo y provocar transformaciones en proyectos de presente y futuro; y la otra tiene que ver con el trabajo cultural en escenarios aún imprevisibles. Comenzaré por esta última.

Decenas de jóvenes tienen acceso a una educación en artes y gestión cultural en universidades públicas o privadas del país o incluso fuera de él. Cumplir con el ideal de profesionalización sectorizada no ha implicado a la par garantías estatales relacionadas al derecho al trabajo, a poder vivir dignamente de estos oficios como se podría vivir de otros. La informalidad, la intermitencia laboral, el pluriempleo, la incomprensión técnica gubernamental de los modos de producir y accionar la cultura, entre otros, hoy salen a la luz con clamores y demandas de ayuda pública de los actores culturales vulnerados por la crisis del Covid19. Solo un grupo de “entendidos” parece tener empatía con esta angustia. Infinidad de oferta cultural de libre acceso, educa, acompaña, entretiene y reanima en el encierro y el aislamiento: en Ecuador, ese parecería ser el consenso agradecido. Sin embargo, los oídos de buena parte de la ciudadanía se cierran cuando ponemos a debate público cuánto cuesta “la cultura”, quién la paga, la dura realidad del trabajo cultural y la cadena involucrada de profesionales, servicios y actividades, muchas de ellas no remuneradas. Se ignora que los objetos y productos culturales de los que disponemos, en buena parte, suceden gracias a “el entusiasmo” de sus hacedores (Zafra, 2017). Aludiendo al personaje-metáfora (Sibila) del ensayo de la mencionada autora andaluza, comentaron alguna vez mis estudiantes: “Somos el club de las Sibilas”. Somos nosotras, nuestros cuerpos, nuestro tiempo, nuestros recursos, los que verdaderamente sostienen y subsidian la cultura.

Tras estas reflexiones queda claro que en nuestro contexto existe la necesidad de una pedagogía social sobre el trabajo cultural como materialidad y pensamiento crítico y no como resultado de una elevación iluminada con características de excepcionalidad o peor aún su representación como una labor complaciente al servicio del poder. Asimismo, y más allá de esta pedagogía, habrá que preguntarnos  si cuando todo esto pase queremos volver a esta normalidad “entusiasta” ¿Queremos vivir como Sibilas?

En la precariedad hiperconectada, los entornos digitales y la promoción de consumos y servicios por este medio se volvieron dominantes para sostener parte de la cadena productiva del arte y la cultura; para un grupo de artistas y gestores es una estrategia autónoma inmediatista, base para la supervivencia material del presente. Si bien esto ayuda a cubrir necesidades básicas hoy, caeríamos -creo- en un error si dejáramos morir nuestras posibilidades imaginativas en esta boya salvavidas que vuelve a pensar en ciudadanías que participan en lo cultural solo a través de los consumos. Las prácticas artístico-culturales contemporáneas se constituyen de saberes transdisciplinares, experimentales, nómadas, colectivos, muchas veces inclasificables, que huyen de las etiquetas. Su transversalidad y su posibilidad de inserción en distintas esferas vitales, guardan la potencia política para los días que estamos afrontando y que vamos a afrontar. Apostar por esta transversalidad ampliaría la comprensión social de la cultura y el arte en su capacidad cuestionadora e imaginativa para la invención de otros modos de vida, y a su vez activaría articulaciones permanentes a otras problemáticas y demandas que nos afectan en común y que, como diría Victor Vich (2014), son aparentemente “no culturales” (soberanía alimentaria, movilidad, extractivismo, patriarcado, economía…). Desectorizar el trabajo cultural y ampliar socialmente las posibilidades de implicación de la creatividad es uno de nuestros retos. Reconozcamos: los problemas de la cultura se quedan en las organizaciones artísticas, en las aulas universitarias especializadas y en los diálogos sectoriales con las instituciones de gobierno. El covid19 ha resaltado también la urgencia de una pedagogía social y una discusión colectiva del lugar que ocupa la cultura fuera del entretenimiento, los límites tecnocráticos y las discusiones endogámicas.

Una política cultural -dice Marina Garcés (s/f)- puede apuntar hacia la necesidad de “desapropiar la cultura” para hacer posible otra experiencia del nosotros. Es decir, desesferizar la cultura, desectorizarla para trabajar con su potencial político y colectivo. La cultura no es asunto exclusivo de profesionales; los debates sobre ciudadanía cultural han profundizado con vasta literatura en estas discusiones. La cultura es una disputa política. El neoliberalismo es una configuración cultural hegemónica que excede  un tipo de gobierno o de política económica (Grimson, 2007). Lejos de lo que se suele pensar, a la derecha le importa mucho la cultura; porque precisamente esa hegemonía que nos habita, incluso sin que nos demos cuenta, determina nuestros comportamientos individuales y colectivos y hace que veamos un sistema económico-social y un modo de gestionar y entender la vida como “la normalidad”.

La pandemia abre un espacio para las ideas, para detenernos a pensar de modo situado en la posibilidad de restituir e instituir experiencias localizadas, de proximidad, barriales, comunitarias, que hoy van adquiriendo nuevos sentidos con la crisis del Covid19: cambio de consumos, políticas vecinales, volver a caminar, a usar bicicleta, reivindicar saberes domésticos y cotidianos, etc. Surge, entonces, la necesidad de pensar en espacios culturales pedagógicos, ampliamente participativos, donde realmente desaprender sea un norte político, y donde podamos deshacer nuestras certezas culturales. En los gobiernos de las ciudades creo que es un momento valioso para construir marcos de política que permitan redireccionar los recursos públicos de la cultura del espectáculo y el show electorero (que tendrán, al parecer, un prolongado receso) a estas experiencias de base comunitaria, de prácticas artísticas-culturales que, en tiempos de colapso dado por las contradicciones mismas del capitalismo, ha diseñado infinidad de iniciativas de recuperación de lo público.

Una política dirigida a estos efectos requiere del desarrollo de instrumentos técnicos capaces de trabajar con datos situados sobre los modos de producción de espacios culturales, de colectivos, de organizaciones, de emprendimientos, de experiencias barriales. El Estado no debería preocuparse solo por lo que puede contabilizar a través de datos tributarios, documentos de constituciones legales de organizaciones formalizadas, es decir, lo que tiene categorizado en su radar, y olvidar otras prácticas que difícilmente tienen representación “sectorizada” en el lobby político. Su preocupación fundamental está en aquello que no puede ver, ahí es donde ocurren las dinámicas experimentales, populares, vivas y comunitarias, las que permiten construir otros proyectos de sociedad. Esos puentes hoy se dibujan ausentes.

La ayuda estatal anunciada por el gobierno es necesaria para mitigar unas necesidades “sectoriales” agudizadas por esta crisis pandémica; sin embargo, ese no debería ser el marco de pensamiento para un proyecto político de cultura. La solución técnica con facilidad diluye luchas colectivas. El fondo concursable para la contingencia tampoco debería dejarnos satisfechos y silentes. Bien sabemos que en un país rentista, con los precios del petróleo por el suelo, el Presupuesto Nacional del Estado no dará prioridad a la Cultura. También sabemos que el crédito y la deuda, que aparentemente pueden dinamizar “el sector” a futuro, nos condenan a vivir como Sibilas. Las medidas de incentivo fiscal, de estatuto filantrópico, suelen tener ciertos usos económicos y políticos y beneficiar a espacios y prácticas culturales que no incluyen aquellas más emergentes y experimentales, donde la cultura se organiza de modo transversal y colectivo, incluso a veces “improductivo”. Fuera de  los límites que nos ha impuesto la lógica sectorial, la crisis del Covid19 nos abre ventanas para imaginar otros proyectos de vida donde la cultura se entrecruce con otras disputas sociales por lo público, lo comunitario, otra experiencia del nosotros.


Textos citados

Garcés, Marina. “Abrir los posibles. Los desafíos de una política cultural hoy”, s/f. En: http://www.espaienblanc.net/marina/wordpress/wp-content/uploads/2010/08/ABRIR-LOS-POSIBLES_MarinaGarces.pdf

Grimson, Alejandro (comp.). Cultura y neoliberalismo. Buenos Aires: CLACSO, 2007.

Vich, Víctor. Desculturizar la cultura. La gestión cultural como acción política. Buenos Aires: Siglo XXI, 2014.

Zafra, Remedios. El Entusiasmo. Barcelona: Anagrama, 2017.

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